BELCHITE

PICT0002                                          Belchite

Antes de nada, para que no me dejen de leer al ver el título, aclarar que esto no es ningún artículo de investigación raruna. No les voy a dar datos extraños o bombardearles (sin intención de hacer humor negro) con decenas de grabaciones de psicofonías. Es la descripción de un paisaje, de un pueblo más de este país. Sigan leyendo y verán que no les engaño aunque a veces lo parezca. No me creo tan listo ni como para intentarlo.

Historia

Remontémonos en el tiempo hasta una época sangrienta, un tiempo de héroes desconocidos e ignorados, cuando los azotes de la guerra golpeaban España como la fusta al caballo intentando que corra los últimos metros aunque el animal esté al límite de sus fuerzas. Un día concreto, el 24 de agosto del año 1937, comenzó el asedio al pueblo de Belchite por el ejército franquista como parte de la toma de Aragón. La contienda duró exactamente doce días, hasta el 6 de septiembre. Con la guerra ya terminada, el general Franco condecoró a Belchite con varias distinciones heroicas dando también a los habitantes la posibilidad de elegir entre la construcción de un pueblo nuevo o la de un canal para los cultivos y terrenos. Se inclinaron por el nuevo poblado dejando el antiguo de lado y, a partir de 1940, éste se reutilizó como cárcel para presos políticos que serían la mano de obra del que se conocería como Belchite Nuevo cuya inauguración oficial data del 13 de octubre de 1954 (aunque se terminó realmente en 1945), si bien es cierto que las mudanzas y traslados no se concluyeron hasta la década de los 60.

El pueblo viejo de Belchite

Todos, a lo largo de nuestra vida caemos en las redes de alguna moda. Es un hecho innegable. Por mi parte, no me duele reconocerlo (quizá algo sí, pero no lo admitiré en público), la moda de lo paranormal me llegó a infectar de tal manera que yo mismo hice alguna investigación, grabadora en mano, por parajes sembrados con la semilla del misterio con la esperanza de encontrar lo que tantos han buscado anteriormente. No les abrumaré con detalles. Basta con decir que, los intentos fallidos, vistos con la perspectiva que solo pueden dar el tiempo y la madurez (hace ya varios años de esto aunque no lo parezca debido a mi aparente eterna juventud), no duelen tanto como en aquella época sino que me traen buenos recuerdos de paisajes imborrables, visitas a lugares mágicos y llenos de historias maravillosas aunque sean, a veces, duras y truculentas como la que protagoniza este, ya mítico, pueblo aragonés.

Nosotros partimos desde Barcelona en coche y tardamos unas tres horas y media en llegar, así que hay que tomarlo con calma. El trayecto no tiene mucha historia, unos dos tercios de autovía y el último por carreteras comarcales, la última de ellas una recta interminable al más puro estilo Ruta 66 con paisaje desértico a los lados y custodiado constantemente por la impertérrita mirada de unos enormes molinos de viento que nos acompañaron hasta la llegada a nuestro destino. A la hora de aparcar hay varias opciones, en la zona baja del pueblo hay sitios pero no muchos donde escoger; más arriba sí e, incluso, si no hay mucha afluencia se puede dejar el coche en la misma puerta de las ruinas ya que dispone de una especie de parking de tierra improvisado.

Tras tomar algo en el bar de la zona nueva y hacer algunas preguntas de rigor (ojo que a la mayoría de los vecinos no les hacen mucha gracia los curiosos) nos adentramos en la tristeza eterna que estas ruinas están condenadas a inspirar. Aunque, como nos confesaba un lugareño, no todos los daños han sido ocasionados por la guerra ya que se ha reciclado buena parte del antiguo pueblo para el nuevo y para algunas chapuzas por parte de los habitantes, la verdad es que impacta a más no poder. Sorprende que imágenes que relegamos a guerras aparentemente tan lejanas, con protagonistas que las narran en otros idiomas, puedan estar tan cerca de nosotros y que no les prestemos ningún interés habitualmente.

Penetramos por la otra calle principal tan solo para llevarnos la primera sorpresa del día y es que, en el umbral de una puerta, como si de un portero macabro se tratase, hallamos una urna de incineración, con su inquilino en el interior todavía, depositada a saber con qué intención en lo que parecía una simple cuadra (mejor no preguntar, por si acaso). No fue la última ya que, al alejarnos un poco para tomar unas panorámicas nos topamos de golpe con una matrícula de coche antigua (pero muy, muuuuy, antigua) casi borrada por el tiempo junto a un carrito de bebé que debería datar de la misma época, incinerados ambos. Unos metros más adelante nos adentramos de nuevo al paso, caminando sobre lo que debió ser una acequia que ya estaba seca, volviendo así a la calle principal.

PICT0019

Continuamos y dejamos a nuestra izquierda el camposanto, sellado con un enorme candado y asegurado con unas vallas y muros de altura considerable (o lo suficiente para alejar a un curioso de perfil rollizo como yo). A poca distancia se encontraba una fuentecita y, junto a ella, una encrucijada con un gran crucifijo negro sobre un pedestal, algo que imponía mucho respeto, realmente. Aquí nosotros abandonamos la calle principal aventurándonos a unas casas del lateral, más que nada para así no tener que volver después a ellas, que no merece la pena a no ser que se sea extremadamente curioso, además, huele a algo muy extraño, una mezcla de agua estancada y frutos en descomposición, por lo que si no se quiere ir, tampoco se perderá nada. Retornamos al crucifijo y nos deleitamos con la torre del Reloj (desde fuera, eso sí, que estaba en plena restauración lo que hacía imposible el acceso) y, algo más adelante todavía, hallamos uno de los platos fuertes: el Convento. Está divido en dos partes aunque solo se puede penetrar sin peligro aparente en la capilla, y lo de aparente es mucho decir ya que parece que va a colapsar y venirse abajo en cualquier momento pero tiene el suficiente espacio para que varias personas puedan moverse con soltura en su interior. De hecho, una piedra de tamaño considerable estaba sostenida en una grieta y cualquier leve movimiento cercano al trocito de pared que la sujetaba podría ocasionar su caída. La otra parte del convento (la más inaccesible) a nosotros nos parecieron las celdas donde dormían las monjas y donde debería hallarse también el comedor, la cocina y demás zonas comunes. La entrada se sostenía gracias a dos grandes troncos sujetos milagrosamente y el interior no tenía más que escombros que dificultaban el poder siquiera asomarse. Debido al aprecio que tenemos a nuestras vidas, decidimos dejarlo de lado y dirigir nuestros “esfuerzos” a la otra sala. Con el poema (a las fotos me remito) resonando en nuestras cabezotas, admirábamos la construcción y sus cicatrices intentando en vano no pensar demasiado en el sufrimiento de las personas hacinadas allí durante el asalto. El silencio reinaba en el interior, la construcción vacía no poseía nada en particular de no ser por los agujeros del techo provocados por la caída de las bombas y los disparos en la pared del fondo, justo bajo un enorme ventanal, testigos de un último esfuerzo fruto de la desesperación que algún guerrero ahora sin nombre hizo por derribar al emisario que les traía muerte desde el cielo. Con la sensación de tristeza que nos dejó aquella estampa nos dirigimos al otro punto principal: la iglesia, eso sí, deteniéndonos de vez en cuando para penetrar en alguna casita y ver qué había dentro, poco más que mesas, tazas de metal y cosas así.

En la iglesia al parecer, no fueron tan duros los envites, ya que a parte de unos arcos que se sostenían por puro milagro (es una iglesia, como iba a ser de otra manera) no había nada digno de mención. El campanario es otra historia, es la imagen del pueblo antiguo y lo que, desde la carretera, avisa al visitante de la llegada. Es lo primero y lo último que se ve de Belchite.

A la vuelta, descubrimos un camino totalmente nuevo que nos llevó a un cobertizo destrozado que albergaba un SEAT 124 azul y un dos caballos blanco que parecían competir para ver cuál de los dos estaba en peor estado. Con nuestra visita al garaje (por llamarlo de alguna manera) terminamos también la del pueblo y regresamos a casa tras una agotadora jornada con una nueva historia que contar.

Debo pedir disculpas ya que, debido a un problema con el disco duro, no dispongo de la totalidad de las fotos que hice y solo se han salvado dos, gracias a las redes sociales en las que las subí. Agradezco infinitamente su comprensión y confianza. DV.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *