FERIA SANTA LLÚCIA(BARCELONA)

      dsc_0010_opt      Feria de Santa Llúcia por Daniel Vela.

Doscientos treinta años, ni más ni menos, parece mentira y es encomiable que en esta época en la que vivimos, este gran tiempo que nos ha tocado en suerte y en lo que todo está condenado a durar lo que dura un suspiro y ser olvidado incluso antes, algo tan arraigado a un periodo vacacional de corte tan especial como es la navidad lleve más de dos siglos, concretamente desde el año 1786, celebrándose con tanto éxito como el primer día o, incluso, mucho más si cabe.
Y es que la globalización ha hecho que la alegría, el espíritu navideño, los colores típicos y la nieve (aunque sea de mentirijillas) esté al alcance de cada español o, también, de los visitantes extranjeros que tienen la ciudad condal como punto de mira vacacional, como destino de moda que es más que merecidamente. Cualquiera de ellos puede desplazarse a su gusto para disfrutar y llevarse a casa souvenires, adornos para el árbol y, el objeto más buscado del cuál no podemos olvidarnos: el famosísimo “Caganer”.

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¿Y qué es, o que hay, en la feria de Santa Llúcia? Pues el concepto es simple: Puestos de venta. Pero unos puestos llenos de la ilusión de los pequeños, de la amabilidad y simpatía de los vendedores y de la nostalgia de los padres o abuelos que pasean por sus pasillos.
No nos engañemos. Hay muchos, pero muchos mercados navideños, tantos casi como ciudades hay en los continentes que celebran estas festividades. Por supuesto que los hay. Pero hay pocos que tengan esta afluencia, que desprendan ese olor a verdadera navidad y que transmitan esa sensación de estar viviendo una tradición, de formar parte de la historia. Pocos dan ganas de buscar un pedazo de papel y escribir la carta a los Reyes Magos o a Santa Claus ahí mismo, pocos devuelven a la infancia a los mayores y crean gratos recuerdos a sus hijos que revivirán probablemente en el mismo emplazamiento años después con los suyos propios.

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El visitante y más que probable comprador, porque no nos engañemos tampoco en esto, si uno va, volverá con alguna que otra bolsita en las manos, debe aproximarse sin prisa, con ganas de vivir la navidad, pasear a pasos muuuuy cortos entre la inmensa multitud, disfrutar de lo que cada puesto tiene que ofrecer y, una vez realizado el recorrido, aprovechar para visitar la Catedral de Barcelona que preside orgullosa el acontecimiento dándole su bendición, esta vez, ejerciendo humildemente el papel de gregaria. No hace falta que recomiende nada más, porque lo siguiente vendrá a la mente de los lectores por sí mismo: nada mejor que comentar después la tarde (porque la tarde es el mejor horario para apreciar todo en su mayor esplendor), que hacerlo ante un buen y abundante chocolate caliente con churros tras aprovechar para caminar por los callejones colindantes, calzarse la bufanda y adelantar las compras. Como debe ser. Como marca la tradición. Y no es imposición, es que apetece y ya está.
La Feria, además, está presente durante casi un mes, este año en concreto, desde el 25 de noviembre al día antes de nochebuena, el 23 de diciembre. Así que no hay excusa para perdérsela si se vive cerca, y la hay para visitarla si se vive lejos. Sobre todo si se es navideño. O si se tiene un niño dentro, como en mi caso. Eso sí, no busquéis el Caganer del nuevo presidente de EE.UU, que está más que agotado. Lo siento. Por vosotros y por mí que ahora tengo un hueco en mi belén que no sé con qué llenar… ¡Tendré que volver a Santa Llúcia que seguro que encuentro algo!
Salud y Felices fiestas.

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