LA KADISHA (Líbano)

                        img_9827 La Kadisha, el valle sagrado del Líbano

Bsharri.-En una apacible tarde de otoño en el valle de la Kadisha, es fácil olvidar que uno se encuentra menos de 30 kilómetros de la tragedia siria, en el mismo mundo árabe desgarrado por el extremismo islámico. Salpicado por incontables cruces de madera y hornacinas con figuras de la Virgen en su interior, este cañón abrupto compite en iglesias por capita con la mismísima Roma. No en vano, al abrigo de sus escarpadas montañas, prosperó durante siglos la confesión cristiana maronita, embrión identitario de la idea de Líbano, territorio de frontera entre Oriente y Occidente.

Además de esconder en sus entrañas decenas de grutas dedicadas a vírgenes y santos, ermitas e iglesias excavadas en la roca de sus más remotos rincones, los montes de la adusta Kadisha atesoran también la más formidable reserva de cedros de Líbano, símbolo de este diminuto país en peligro de extinción. Su principal pueblo, Bsharri, fue cuna y sepultura de Khalil Gibran, el poeta libanés más célebre a nivel internacional, y por eso, es sede de un interesante museo dedicado a su figura. Belleza natural, historia y cultura se funden en estos parajes sagrados para los maronitas, donde reposan los restos de una veintena de patriarcas. Una excursión ideal para un largo fin de semana, sobre todo para los amantes del trekking.

                         img_9821          img_9783

A modo de calentamiento, la primera jornada consiste en un paseo de un par de horas por la reserva de cedros de Tannurin, que reúne más de 60,000 árboles, algunos de ellos casi milenarios. Sus gruesas ramas nos protegen de un sol todavía abrasador. La existencia de este espacio privilegiado es fruto del renovado interés de la sociedad libanesa por una especie que llegó a inundar las montañas de la región en tiempos bíblicos y que se asocia íntimamente a la identidad del país. Las diversas civilizaciones que han ocupado estas tierras han explotado su excelente madera, hasta casi despoblar sus montes.

En parte, fue con cedros que se construyó el templo de Salomón, así como también las naves de las civilizaciones fenicias y egipcias. Los últimos en aprovecharlos fueron los otomanos, que los utilizaron para construir las vías del tren que unía su capital con la Meca. Para frenar la sangría, un patriarca maronita decretó hace dos siglos la excomunión de aquel que talara uno de estos míticos y majestuosos árboles. Gracias al patrocinio del magnate mexicano Carlos Slim, de origen libanés, en la última década se han plantado más de 40.000 nuevos ejemplares. A través de la asociación “Cedre du Liban” es posible financiar la plantación de un cedro desde cualquier lugar del mundo por 35 dólares. La tarea no es fácil, pues su germinación es laboriosa y es necesario que la nieve los cubra al menos veinte días para que crezcan fuertes.

Por la tarde, ascendemos -en coche, las piernas no dan para tanto- por una serpenteante carretera al pico adyacente al más elevado del Líbano, el Kornet Sauba, de casi 3.000 metros de altitud. En sus peladas laderas esquían los libaneses en invierno, y en verano se refugian de los rigores de la húmeda canícula mediterránea. Mientras, a lo lejos, el sol se funde lentamente con el mar, la cordillera se tiñe de un color rojizo irreal. A un lado de la montaña, se extiende el abrupto cañón de la Kadisha, con Bsharri y sus tres monumentales iglesias suspendidas al borde de un precipicio. En el otro, el valle de la Bekaa, con sus espectaculares templos romanos y sus rectangulares cultivos policromados. Un fuerte y frío viento anuncia la pronta llegada del invierno.

              img_9846        img_9845

Una de las ventajas de viajar en Líbano es, que después de una jornada de caminatas y bruscos cambios de temperatura, uno sabe que le espera una buena cena. La gastronomía libanesa es reconocida como una de las mejores -sino la mejor- de la región. Sus restaurantes triunfan no solo en El Cairo o Bagdad, sino también en Barcelona o Nueva York. En la terraza del hotel Chbat de Bsharri, regalados con una preciosa panorámica del valle, abrimos el apetito con una suave sopa de lentejas. Le sigue el “mezze”, la combinación de típicas tapas libanesas, entre las que destaca el calórico humus -puré de garbanzos-, baba ganush -una pasta de berenjena-, los rollitos fritos de queso halumi, y kebbe, unas croquetas en forma de huevo rellenas de carne picada de cordero y piñones. Pantagruélico.

La ruta de las iglesias ocultas

La segunda jornada de trekking es más exigente. Nuestro guía propone -o más bien impone- un circuito de unas cinco horas que enlaza los principales monasterios y ermitas de la Kadisha. La ruta comienza en el monasterio de Mar Antonios (San Antonio), fundado en el siglo IV. En la cueva dedicada al santo, bajo unas paredes ennegrecidas por siglos de liturgias, se extiende una colección de docenas de potes y ollas de todos tipos y tamaños. Eso sí, todas ellas puestas al revés. “Las han dejado mujeres que tienen problemas para quedar encintas”, me confiesa una mujer de mediana edad con una larga melena negra, gafas de sol y que viste ropa deportiva. Con sus hijos correteando por el recinto, no parece tener problemas de fertilidad, así que solo enciende una vela.

En un edificio adyacente a la capilla principal, en la que se celebra una misa que combina el árabe con el siriaco -emparentada con el arameo, la lengua de Jesucristo-, se halla un pequeño museo que conserva un importante artefacto. Se trata de la primera imprenta de Oriente Medio, comprada en 1584 por el obispo maronita Sarkis al Razi en Roma para componer un libro de salmos en siriaco. Aunque es de rito oriental, la Iglesia maronita se unió a la católica en el siglo XI, y reconoce la santidad del Pontífice vaticano.

Primera imprenta de Oriente Medio
Primera imprenta de Oriente Medio

Mientras enfilamos el camino de cabras que nos ha de conducir al santuario de Nuestra Señora de Hawka, me doy cuenta de lo difícil que le debió ser para el obispo al Razi trastear a lomos de una mula aquel pesado artilugio por este recóndito pliegue de la montaña. Con una simple mochila, ya cuesta mantener el equilibrio a medida que aumenta la inclinación de la angosta vía. Cuando ya diviso la cueva, una hendidura natural bajo un rocoso precipicio, oigo una lejana algarabía. Y yo que apenas tengo aliento! La exhibición de energía de una veintena de jóvenes no se explica (solo) por su edad, sino porque hay otro camino, con escalones y pasarelas, más corto y reposado. Esta opción no la planteó nuestro atlético guía!

En el santuario vive Darío Escobar, un inefable colombiano de 83 años y una larguísima barba canosa. El austero del hábito del monje contrasta con los coloridos ropajes de marca y peinados hipster de sus visitantes, todos enganchados a sus enormes teléfonos móviles, y algún palo-selfie. A Escobar no parece importarle que hayan perturbado su bucólica paz, y les acoge haciendo gala de su buen humor. “Yo vengo de Colombia, el país de la buena cocaína”, les explica en un correcto árabe libanés, desatando unas sonrisas cómplices, mientras posa pacientemente para incontables fotografías.

La trayectoria del último anacoreta de la Kadisha poco se debe parecer a la de sus predecesores. Antes de dedicarse a la vida contemplativa, y de cambiar de rito cristiano con la autorización del Vaticano, Escobar vivió en Estados Unidos y España, donde ejerció de profesor de Psicología y de Teología, e incluso dirigió un hospital mental. Sin embargo, su existencia sí es calcada a la de sus antecesores: jornadas de rezo de 14 horas y una vida exenta de comodidades, con una piedra lisa por almohada en un húmedo habitáculo.

“Hace 16 años que vivo aquí. Como una sola vez al día y dieta es siempre la misma: las verduras hervidas que recojo de mi huerto”, explica, recordando la estricta prohibición de comer carne. El anacoreta no dispone de teléfono, radio, ni televisión. Y menos aún internet, claro. Su única comunicación con el exterior proviene de un walkie-talkie para emergencias y de sus huéspedes. A ellos les pregunta por el último resultado del equipo de sus amores: el Barça. Al menos en un ámbito, el del fútbol, ha podido conservar sus gustos sibaritas.

Con el depósito de energías ya bajo mínimos, llegamos a los monasterios de Qanubin y San Elias, bastante cerca el uno del otro. El primero, un sencillo edificio, fue fundado en el año 375, y fue la sede del patriarcado maronita entre los siglos V y XIX. En su capilla, alberga dos espectaculares frescos centenarios dibujados sobre la roca. En una sala adyacente, un espectáculo más bien gore: la momia, milagrosamente bien conservada, de un patriarca del siglo XVII. El monasterio de San Elias es fruto de mayor trabajo de ingeniería. Más expuesto a los ataques por su localización, fue diseñado como una oculta fortaleza en el interior de la ladera, con pasadizos secretos y difícil de expugnar. Y es que la historia de los maronitas está trufada de persecuciones, primero por parte de otras confesiones cristianas, y luego de musulmanes y drusos.

                            img_9834           img_9832

Precisamente, es esta convulsa historia la que ha moldeado el aguerrido carácter de los habitantes de la Kadisha, recogido en la cultura popular del país a través de chistes como este: “Dos niños de Bsharri se están peleando, y la madre de uno de ellos le grita desde el balcón: Hijo, pégale ya un tiro y sube que tienes que hacer los deberes!”. Entre las viejas casas otomanas de Bsharri, con sus tejados rojos de forma piramidal y sus ventanas ojivales, posa en grandes retratos Samir Geagea, hijo del pueblo y líder de la más potente milicia cristiana en los años 80. “Aquí todo el mundo apoya las Fuerzas Libanesas [la milicia de Geagea]. A su lado luchamos en la guerra civil. Aunque aquí, en el valle, apenas hubo destrucción, el frente de batalla estaba en Beirut, en Zgorta …”, recuerda Wahid Chbat, un robusto anciano mientras parte nueces. Ni tan siquiera la artillería moderna ha desarbolado la protección que la sagrada y escarpada Kadisha ofrece a sus hijos.

Antes de abandonar la región, es de visita obligada el recoleto museo de Khalil Gibran, emplazado en una vaguada a las afueras de Bsharri, cerca de la gruta dedicada a la Virgen de Lourdes. El rumor de un cercano arroyo inspira a revisar la obra del autor de El Profeta. Además de varias primeras ediciones de su obra, la mayoría en inglés, el museo reúne su cama, su mesita de noche, y varios de sus cuadros, que reproducen los imponentes paisajes de su querida Kadisha. Aunque Gibran abandonó el Líbano siendo un niño en 1854, siguiendo el mismo camino del exilio que miles de sus compatriotas, siempre guardó en su corazón su terruño natal, una nostalgia que impregna sus versos.

En el camino de vuelta a Beirut, apetece darse un baño relajante en una de las pequeñas calas de Batrún, localidad conocida por el encanto de su costa y su excelente zumo de limón. Este mismo corto trayecto, de las frías alturas de Bsharri a las cálidas aguas del Mediterráneo, constituía uno de los principales reclamos turísticos del hedonista Líbano de los años sesenta. El país donde uno podía esquiar por la mañana y nadar en el mar por la tarde. Uno más de los mitos de una tierra con tanta historia, que apenas la puede digerir.

Datos útiles

-¿Cuándo ir?

Si bien las laderas nevadas de la Kadisha ofrecen un espectacular paisaje y unas buenas pistas de esquí, el invierno no es el mejor momento para visitar sus escondidos monasterios y ermitas, pues suelen quedar incomunicados durante días a causa de nieve. Un buen momento para descubrir esta región es en primavera, cuando todavía la nieve permanece en las cumbres de la cordillera, y ya ha amainado el frío. También otoño representa una buena elección, ya que atrás quedó el rigor de la canícula libanesa. En verano, las temperaturas son más frescas en la Kadisha que en Beirut, pero el sol es igual de inclemente para las caminatas del trekking.

-¿Dónde alojarse?

Hotel Chbat: Situado en el corazón de Bcharri, este es un buen hotel de tres estrellas, con buena comida y correcto servicio, además unas magníficas vistas. Suspendido en la ladera de la montaña, tanto la amplia terraza de su comedor como la mayoría de sus habitaciones ofrecen una espectacular panorámica del valle de la Kadisha. Decorado con madera, posee un estilo rústico que da fe de su larga experiencia recibiendo huéspedes. Como sucede con el sector hotelero de Líbano, sus precios son más bien caros comparados con los del resto de la región, unos 90 dólares por habitación doble. Dirección: c/ Khalil Gibran; Teléfono: +961 6 672 672; E-mail: info@hotelchbat.net

-¿Dónde comer?

-Hotel Chbat: La cocina libanesa es conocida por su excelente calidad, y Bsharri es un buen lugar para degustarla. El restaurante del Hotel Chbat ofrece una amplia gama de platos típicos del país, como el delicioso puré de garbanzos o humus, una deliciosa sopa de verdura, o una parrillada de carne tierna. Como en la mayoría de restaurantes del país, y en todos de la zona cristiana, posee una carta de vinos de calidad. Además, las vistas del comedor, y más aún de la terraza son preciosas Dirección: c/ Khalil Gibran; Teléfono: +961 6 672 672; E-mail: info@hotelchbat.net

-Masa Restaurant: Este restaurante familiar, moderno y limpio es una buena opción por muchas razones, entre ellas, ser el preferido de los locales. Además de la comida típica del país, su menú ofrece unas excelentes pizzas y otros platos occidentales, una buena alternativa para aquellos que quieran darse un descanso de la cocina oriental. Es conocido por sus excelentes dulces, sobre todo la kneffe, hecha con miel y almendras. Situado en una de las calles principales de Bsharri, y a solo unos metros del Hotel Chbat, su terraza posee también unas excelentes vistas al valle de la Kadisha. Dirección: c/ Khalil Gibran; Teléfono: +961 6 672 729.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *