LÍBANO- BALBEEK

  EXÓTICO VIAJE A BALBEEK

“¿A Balbeek? ¿Por qué vas allí? Son muy mala gente. Yo te diría de visitar Biblos, Batrún … cualquier otro lugar”, espeta al saber el destino final de mi viaje un joven taxista que viste una pulcra camisa azul. El conductor parece ignorar que en Baalbek, la capital histórica del valle libanés de la Bekaa, se halla el tesoro más preciado de la industria turística libanesa: uno de los templos romanos mejor conservados del mundo.

Poco antes de deponerme, descubro el verdadero motivo de su aprensión: él es suní, la rama mayoritaria del Islam, mientras que la Bekaa es un feudo de Hezbolá, la milicia chií pro-iraní. Aunque, al momento, el Líbano ha escapado de la espiral de violencia sectaria que devora Oriente Medio, el viajero no se puede sustraer completamente de la convulsa realidad política de la región más volcánica de la Tierra.

Para los turistas, existen dos formas muy diferentes de conocer la Bekaa: la aséptica, contratando una excursión de un día con un agencia de viajes local por un precio mínimo de unos 80 dólares por persona; o bien la aventurera, por cuenta propia a través de un microbús, el medio de transporte por antonomasia en Oriente Medio, región sin una tupida red ferroviaria.

Pasaje a Bekaa

Estoy de suerte, soy el último pasajero que faltaba para completar las plazas del microbús, que transporta a diez personas, incluido el conductor. Estas furgonetas, a menudo desvencijadas y ruidosas, encarnan a la perfección la informalidad de la cultura árabe: su recorrido no siempre es fijo, ni disponen de horarios. Simplemente, parten a su destino cuando los usuarios han ocupado todos los asientos disponibles. A menudo, su “estación” es una esquina de la ciudad estratégicamente colocada. Por ejemplo, los que se dirigen a la Bekaa estacionan frente a la embajada de Kuwait.

La embajada de la monarquía del Golfo se halla en Dahie, los arrabales del sur de Beirut. El paisaje urbano es radicalmente diferente al del centro. La anarquía arquitectónica de barrios como el cristiano Ashrafíe, en el que conviven viejas casas de estilo otomano con lujosos rascacielos, se torna en un escenario más homogéneo: humildes viviendas de hormigón de un par de plantas, enlazadas con ramilletes de hilos eléctricos. En lugar de paneles publicitarios, dominan las calles grandes retratos de barbudos imanes con sus turbantes negros.

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El sectario taxista me hizo remarcar que una mayoría de sus habitantes visten de negro. Y es que estamos en plena celebración de la ashura, los diez días anuales de duelo con los que los chiíes conmemoran el asesinato del imán Hussein en el año 680. En Occidente, la fiesta se asocia a las imágenes de jóvenes iraníes fustigándose con cadenas sus espaldas ensangrentadas. “Aquí en el Libano, apenas se practica esa tradición”, me comenta un anciano compañero de viaje, ataviado de riguroso negro, quizás queriéndose distanciar de una costumbre que considera bárbara.

Tras pasar un puesto de control del Ejército, ascendemos por una serpenteante carretera a las montañas que rodean esta capital mediterránea que nos ofrece unas bellas postales. Ya de bajada, nos adentramos en la Bekaa, una amplia planicie incrustada entre las dos grandes cordilleras montañosas del país, Monte Líbano, paralela al mar, y la Antilíbano, frontera natural con Siria. El paisaje se tiñe de verde y ocre, por los viñedos y plantaciones de trigo, tamizados por una ligera bruma. La fértil tierra de la Bekaa fue el granero de Roma y continúa siendo el corazón agrícola del país.

Bienvenidos a Baalbek

Después de dos horas de viaje, una figura de cartón del adusto ayatolá Khomeini, situada en el arcén de la autopista, nos saluda con la mano derecha al penetrar en la comarca de la Baalbek, mientras en los altavoces de la camioneta suena una canción de apoyo al pueblo palestino. La fotografía del líder iraní se halla descolorida y desgastada, como su Revolución, que pronto cumplirá los 40 años. En los laterales del camino, ceñidas a todas y cada una de las farolas, se intercalan banderolas amarillas, rojas y negras. Las primeras lucen el símbolo de Hezbolá, con su kalashnikov verde. En las negras, está impreso el nombre del imán Hussein en un sangriento trazo rojo. Sin duda, ya estamos en territorio Hezbolá, literalmente “el Partido de Dios”.

El microbús me deja en el desangelado centro de Baalbek. Un taxista enseguida se ofrece a acercarme a las ruinas romanas, o más bien a la “ciudadela”, como conocen los locales el recinto, que fue reconvertido en un fuerte defensivo durante el periodo otomano. Me pide 5000 libras (unos 2,5 dólares). Le replico que mejor 3000, y enseguida accede. Aquí todo se regatea, también el precio de los viajes en taxi, sobre todo si uno es turista y no conoce los precios. En mi árabe con acento egipcio, le pregunto por la situación de seguridad. “Estamos tranquilos. Hezbolá lo tiene todo controlado. Si arrestan a alguien de Nusra (la filial siria de Al Qaeda), lo entregan al Ejército. No hay revanchas sectarias”, comenta este chico, de tez morena y unos ojos verdísimos. Como los del atormentado imán Hussein, cuya omnipresente imagen, guarda un sorprendente parecido a la de Jesucristo.

A la entrada de los templos, en un barrio periférico de la ciudad, unos vendedores insisten en ofrecerme camisetas y otros suvenires de Hezbolá. Continúa mi racha con la fortuna: la entrada hoy es gratis. Bajo un cielo límpido, el enorme patio hexagonal, las columnas gigantes del templo de Venus (de unos 20 metros de altura), y las ornamentadas paredes del templo de Bacó, perfectamente conservadas, parecen más majestuosas. Al igual que sucede con otras atracciones turísticas de la región, como las pirámides de Egipto, los templos de Baalbek se encuentran desiertos, una desgracia para los restauradores locales, pero una bendición para los más intrépidos viajeros. Sin las hordas de turistas con el inevitable palo-selfie en mano, se multiplica el poder evocador del otrora sagrado recinto.

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La tarde se me echa encima y el hambre me empuja a explorar los viejos zocos de Baalbek. Las tiendas de ropa comparten la vía pública con un tenderete de una asociación religiosa que reparte bebidas y galletas en honor del ubicuo imán Hussein. En las veredas, se cruzan mujeres cubiertas de pies a cabeza por un manto negro, otras tocadas con un colorido hiyab, o luciendo melenas largas y jeans ceñidos. En Líbano, la libertad religiosa parece un principio por todos respetado.

Opto por el restaurante Ajami, limpio y moderno, si bien presume de antigüedad: “Desde 1924”. A diferencia de Beirut, el menú sólo está en árabe. Al percibir mis tribulaciones para comprender los ingredientes de los diversos platos de la gastronomía local, una muchacha rubicunda me ofrece su ayuda. Se trata de Rebecca, una inglesa que hace una década alterna estudios y trabajo en el Levante. Me aconseja pedir sfiha, una especie de empanada de carne típica de la región. Le hago caso y no me arrepiento.

“No quiero pasar mucho tiempo aquí. La última vez que estuve en este restaurante, hubo un tiroteo fuera, y murieron tres personas”, me comenta con un punto de ansiedad. Me imaginé, erróneamente, que eran jihadistas sirios. “No, fue un ajuste de cuentas entre mafias”, replica.

Precisamente, el diario The Daily Star dedica su portada al floreciente crimen organizado de la Bekaa: “Los campesinos del cannabis dispuestos a morir por su cosecha”. El rotativo entrevista a Alí Shamar, el “Pablo Escobar” de la zona. Gracias a su milicia, fuertemente armada con kalashnikov y granadas, amenaza a las fuerzas de seguridad que se atrevan a poner los pies en sus plantaciones. Según el diario, la reputada marihuana de la Bekaa se vende a 20 dólares el gramo en Europa, un negocio lucrativo. “Toda la Bekaa vive del hachís”, asegura Shamar en la entrevista.

Hasta Zahle

Siguiendo los consejos de Rebecca, inicio el camino de regreso. Cerca de las ruinas, se eleva una hermosa mezquita verde con una enorme cúpula dorada, protegida por una tanqueta del ejército que impide estacionar a su alrededor. Las medidas de seguridad en las celebraciones chíies del ashura son robustas. Unos días después, en Tiro, la otra gran ciudad chií del Líbano, asistí al sermón de un célebre clérigo. Más de un millar de personas escuchaban con atención, mientras decenas de milicianos chíies y soldados del ejército velaban por su seguridad. Los había incluso apostados en los tejados.

De repente, reparé en un disco volador blanco. Parecía una reproducción en miniatura de la nave de Viaje a las Estrellas. Descendió del cielo y permaneció durante unos segundos suspendido a un par de metros de la multitud. Seguí sus movimientos hasta terminar en manos de un joven miliciano que sostenía un mando de control remoto. En la ashura, hasta participan los drones.

En el microbús de vuelta, conozco a Yusuf, un lampiño refugiado sirio con una nariz aguileña que aún no ha cumplido la veintena. “Los libaneses no nos tratan bien. Tan pronto como acabe la guerra, volveremos”, se queja. La impronta de la tragedia siria en el Líbano es evidente. Hace sólo unos meses, el suelo de los templos de Baalbek retumbaba con los bombardeos al otro lado de la frontera. Hoy, más de 1,3 millones de sirios viven en el diminuto país de los cedros, decenas de ellos mendigando en las calle. En los barrios chiíes, posters de jóvenes mártires de Hezbolá caídos en Siria se superponen a los de otros conflictos anteriores, el de 2006 contra Israel, o la liberación del sur en los años 90. Sólo en el cementerio de Tiro, los muertos en la incivil guerra vecina se cuentan en una decena, con sus lápidas decoradas con fotos en color y la enseña del Partido de Dios.

Antes de enfilar al Monte Líbano, hago una parada en Zahle, capital cristiana de la Bekaa. Aunque se sitúa a solo 35 kilómetros de Baalbek, es otro universo. La estrafalaria torre de su catedral señorea la entera ciudad y en sus afueras se encuentra la sede de Chateau Ksara, principal productor de vino libanés. Sus bodegas, con más de 150 años, vieron la luz cuando los jesuitas compraron estos terrenos y descubrieron en su subsuelo casi dos kilómetros de cuevas naturales, ideales para la vinicultura. “Nunca, ni durante la guerra civil, paramos nuestra producción. Nosotros no nos metemos en los asuntos de Hezbolá, ni ellos en los nuestros”, revela Carole, una de sus empleadas mientras me sirve un vaso de Sunset, su más popular vino rosado.

El último trayecto del día coincide con un cielo anaranjado, en el que se recortan las siluetas de colinas, abetos y el humo de una hoguera. A los pies de la montaña, a lo lejos, tintinean miles de lucecitas. En pleno crepúsculo, la pretenciosa Beirut parece un espejismo. Sus rascacielos y desenfrenada vida nocturna, sus sueños de modernidad, contrastan con los reflejos sectarios de sus habitantes, exacerbados en las comarcas colindantes. En Líbano, el país con mayor diversidad religiosa del mundo, la belleza de la naturaleza y los vestigios de antiguas civilizaciones se funden con recelos atávicos.

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Datos útiles

Cuándo ir: Líbano tiene un clima típicamente mediterráneo con inviernos suaves y veranos calurosos, con los termómetros cerca de los 40 grados y una elevada humedad en la capital. Sin embargo, en sus zona montañosas, nieva a menudo y el frío puede ser intenso. Por esta razón, la mejor época para visitar el valle de la Bekaa es en otoño y, sobre todo, en primavera, es decir entre los meses de marzo y junio. Como suele suceder en toda región agrícola, es en este periodo cuando el paisaje adquiere su colorido más intenso sin que hayan aún desaparecido las nieves de las cordilleras que la rodean.

Dónde dormir: Baalbek: Para el viajero que disponga de tiempo, es una buena idea pasar la noche en Baalbek y disfrutar así de la visita a sus templos romanos durante la puesta de sol. La elección de hotel es fácil, pues la oferta no es muy amplia y una opción sobresale del resto: el Hotel Palmyra. Fundado en 1874, y con vistas a los templos vecinos, por sus habitaciones han desfilado los artistas que han participado en el célebre festival estival de la ciudad como Nina Simone y Ella Fitzgerald, además de líderes políticos como Chales De Gaulle. Hotel de lujo venido a menos, aún mantiene un indudable encanto rústico. (Tel: 961 3371127).

Beirut: Para los viajeros que prefieran una excursión de día a la Bekaa, la mejor opción es alojarse en la capital. Beirut dispone de una amplia oferta de hoteles con presencia de la mayoría de cadenas internacionales. Como opciones alternativas, tenemos: La Pension Nazih, sencilla y limpia, la preferida de los mochileros, a 25 dólares la noche (Tel: 961 3475136); el Hotel Commodore, emplazado en el barrio de Hamra, es un histórico de la ciudad, y alojó a muchos periodistas durante la guerra civil (Tel: 961 1734734); y Saifi Urban Gardens, situado en Gemaizeh, el barrio con mayor vida nocturna, el hotel tiene un perfil alternativo hipster (Tel: 961 1562509).

Dónde comer: Chateau Ksara: La mayor y más longeva bodega libanesa ofrece un tour gratuito por sus instalaciones muy recomendable, que incluye una degustación de sus deliciosos vinos. La sede está abierta cada día de 9 a 17, y las visitas guiadas se organizan de forma ininterrumpida a medida que van llegando los visitantes, por lo que apenas hay tiempo de espera. Además de un pequeño bar, posee un elegante restaurante. La Ksara se halla en las afueras de la ciudad de Zahle, en la carretera que une Beirut con Baalbek. En caso de desplazarse en microbús, basta decirle al conductor que uno quiere bajarse en los viñedos de Ksara, pues son muy conocidos. Tel: 961-8801662, www.chateauksara.com

Restaurante Ajami: Este histórico restaurante, inaugurado en 1924, ha sido recientemente renovado. Está situado en la entrada de zoco antiguo de Baalbek, a unos 100 metros de los templos romanos. Su especialidad son los platos locales, como la sfiha, una empanada de carne típica de Baalbek. Frecuentada por los vecinos más que por los escasos turistas, sus precios son muy económicos. Dirección: Ras el Ain; Tel: 961 8 370051.

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