MALTA

Malta, el estoico centinela del Mediterráneo

Ricard González

La Valletta.-No hay mejor ejemplo que Malta de hasta qué punto la geografía determina el destino de un país. Situada en el corazón del Mar Mediterráneo, a unos 2.000 kilómetros tanto de Gibraltar como de Jerusalén, esta pequeña isla ha representado durante siglos un punto geostratégico clave en las encarnizadas luchas entre imperios, religiones y Estados por controlar la cuna de la civilización occidental. Su condición de centinela ha marcado profundamente su personalidad, dando lugar a una fascinante cultura mestiza, impregnada de valores marciales y fervor católico expresados en un dialecto del árabe. Protegida por majestuosas fortificaciones y regalada con preciosas iglesias, no es de extrañar que haya sido escogida como Capital Europea de la Cultura en 2018.

           

Las minúsculas dimensiones de Malta -unos 400 km2- la convierten en un destino ideal para un fin de semana largo, de tres o cuatro días. Sin duda, el mejor lugar para empezar la visita es su capital La Valletta, bautizada con el nombre del guerrero y estadista que ordenó su construcción en 1566, justo después de sobrevivir al “gran asedio” al que sometieron la isla más de 40.000 soldados otomanos. La hercúlea labor se completó en apenas un lustro. El objetivo principal de Jean de Vallette era construir una nueva capital inexpugnable. Por eso, eligió su emplazamiento en promontorio en forma de península.

Bien entrado el siglo XXI, la magnífica obra de ingeniería defensiva que envuelve la ciudad constituye solo una atracción para los turistas, y proporciona unas magníficas vistas de toda el área metropolitana. Un ejemplo de su reconversión son los apacibles jardines Upper Barracca, con unas impresionantes vistas de las llamadas “Tres Ciudades”, los barrios del antiguo puerto donde tuvo lugar la más sangrienta batalla del “gran asedio”, separados de La Valetta por una lengua de agua. Este mirador se halla a escasos metros de la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, el más viejo edificio de La Valletta, y también de la sede del Gobierno nacional antes de la OTAN, de fino estilo barroco que, desgraciadamente, no está abierto a los turistas.

         

Los edificios y monumentos más interesantes de la ciudad datan todos de las primeras décadas después de su fundación. Destacan, sobre todo, la co-catedral de San Juan y el Palacio de los Grandes Maestres, ambos símbolo del matrimonio entre fe y espíritu guerrero, matriz de la nación. La co-catedral ofrece un curioso contraste: austera en su fachada exterior, y ostentoso ejemplo del arte barroco en su interior. En su museo se exhibe una de las más preciadas joyas de la isla: el cuadro “La decapitación de San Juan Bautista”, de Caravaggio, una de las más puras expresiones del tenebrismo. El pintor lo realizó entre 1607 y 1608 en una estancia en Malta.

 

             

A pocos metros de la entrada del museo, se alza una estatua de hierro forjado adornada con velas y fotografías en blanco y negro de una mujer de mirada franca. Algunos turistas se desvían de su itinerario para leer los mensajes escritos en el memorial con gesto confuso. Su perplejidad es lógica. El asesinato de periodistas incómodos, como la maltesa Daphne Caruana Galizia, es algo que suele suceder en dictaduras tercermundistas o Estados corroídos por el narcotráfico, no en Europa occidental. Pero el pasado mes de octubre, aquí tuvo lugar´una dolorosa excepción.

Admirada en Europa, Caruana Galizia es más bien una figura divisiva en su país. “Tenía una lengua muy sucia. Incluso atacaba a los familiares de sus enemigos para espeta”, espeta Mario, un militante del Partido Laborista que se ha reunido con sus compañeros para desayunar en el bar del partido, en la céntrica Calle de la República. Este desdentado anciano aún confía en la honestidad del primer ministro, el también laborista Joseph Muscat y de su entorno, que los artículos de la intrépida periodista pusieron en entredicho.

¿Quién mató a Daphne?”, la pregunta, escrita a folio por letra en el memorial, resuena aún con fuerza siete meses después. Sin embargo, la mitad de los malteses prefieren hacer oídos sordos y disfrutar de una prosperidad estimulada por la llegada de inversiones extranjeras de oscura procedencia. Malta es el país de la UE que más crece, doblando la media. “Me preocupa la degradación moral del país … los malteses están demostrando un alto grado de tolerancia hacia la corrupción. El Gobierno laborista se ha rodeado de personajes muy turbios”, comenta Mark Micallef, ex redactor en jefe del diario Times of Malta, el más prestigioso de la nación.

Si, a pesar de sus dimensiones, esta nación ocupa un lugar prominente en el imaginario cultural europeo es gracias a la mítica Orden de San Juan de Jerusalén, más conocida como la Orden de Malta. Esta cofradía de caballeros mitad monjes mitad guerreros, fundada en Tierra Santa en el siglo XI, se instaló aquí en 1530, después de su expulsión de Chipre primero, y luego de Roda, siempre con el cometido de defender las fronteras de la cristiandad. El rey Carlos V les otorgó el gobierno de la isla, que se ejercía desde el majestuoso Palacio de los Grandes Maestres, aún hoy ricamente ornamentado. A cambio, y como tributo de su vasallaje, cada año los caballeros debían entregar al monarca un halcón entrenado para la cetrería, que inspiraría la película “El halcón maltés” de John Huston y Humphrey Bogart, obra maestra del cine negro, basada en una novela homónima.

Más allá de visitar sus monumentos, bien reseñados en las guías, uno de los mayores placeres que ofrece Malta es simplemente pasear por las estrechas callejuelas de sus ciudades medievales, con sus coloridos balcones y ventanas sobre un fondo ocre, o sentarse a tomar un café en sus modosas plazas y jardines. Cuánto más apartadas de los circuitos turísticos, mejor. En las escaleras que hacen más soportables los desniveles de La Valletta se desparraman las mesas de cafeterías y bares, algunas con música en directo las noches de fin de semana. Todo un lujo.

                                         

Por las hornacinas con vírgenes y santos que jalonan sus vías, recuerda a Sicilia, situada a solo unos 100 kilómetros. Ahora bien, el ambiente es muy diferente. A partir de las 19.00 es difícil encontrar algún comercio abierto, y raramente se ven a esas mujeres ancianas sentadas frente al portal departiendo con sus vecinas. El carácter maltés es más reservado y adusto que el de los expansivos sicilianos, producto quizás de los más de 150 años colonización inglesa o de su papel de centinela de la fe, siempre preparado para sufrir los rigores de la guerra.

De hecho, no hace tanto tiempo que los malteses sufrieron un durísimo asedio, bien inscrito en la memoria colectiva. Durante la II Guerra Mundial, esta fue la región que más bombardeos padeció por kilómetro cuadrado. En concreto, hasta 3.000 ataques acometieron las fuerzas aéreas italiana y alemana entre 1940 y 1942. Adolf Hitler quiso conquistar a cualquier precio la isla, base de la marina británica desde la que azotaba las líneas de aprovisionamiento de las tropas del general Eric Rhomel en la batalla del Norte de África.

Los bombardeos eran incesantes. Cada minuto caía una bomba … Apenas teníamos nada para comer. Dependíamos de las cartas de racionamiento. Fue durísimo”, recuerda Annie, una energética anciana de ojos azulísimos que, a sus 85 años, aún regenta un hostal de la capital. El estoico carácter maltés. La isla no se doblegó y, en uno de los últimos bombardeos, conscientes ya de su derrota y a modo de castigo, los nazis destruyeron el elegante Teatro Real. Quizás como recuerdo para futuras generaciones, las autoridades decidieron no reconstruirlo. Las columnas que resistieron en pie aquel brutal asalto flanquean hoy, orgullosas, el teatro al aire libre que ocupa el céntrico lugar. Para saber más sobre la decisiva batalla de Malta, se debe visitar el Lascari Rooms, el museo emplazado en el profundo búnker que fue el centro de operaciones aliado en el Mediterráneo.

Afortunadamente, a nivel gastronómico, la influencia italiana se deja sentir mucho más que la inglesa. Aunque hay restaurantes donde hartarse de fish&chips, predominan los restaurantes italianos, una apuesta siempre segura. Ahora bien, vale la pena probar las especialidades locales. La más conocida es el fenek mogli, conejo al horno cocinado con ajo, laurel y vino blanco. Bien hecho, es delicioso. Quien prefiera el pescado, despunta el torta-tal-lampuki, una especie de dorada que se prepara con espinacas y nueces. Para picar, muy ricos los pastizzi, pastas de hojaldre rellenas de queso ricotta o de puré de guisantes. Y de postre, el más típico es el nougat de almendras.

Las guías recomiendan pasar la mañana de domingo en el pueblo pesquero de Marsaxlokk, pero es mejor no hacerles caso. Su antiguo mercado de pescado está ya masificado, y la visita ofrece poco más que una bella foto de las barcas pintadas con vivos colores meciéndose en la bahía. Una actividad alternativa es asistir a la tradicional misa de domingo en alguna de las preciosas iglesias barrocas de la isla. Curiosamente, aparte de los dulces, en la lengua es el único ámbito donde se manifiesta de forma evidente la influencia del pasado árabe. La base del idioma nacional, su gramática, es muy parecida al dialecto tunecino, a la que se añadió una capa de italiano, y luego otra de inglés. Buena parte de las palabras relacionadas con la religión y sus valores son préstamos del italiano. Intentar entender lecturas y sermones puede ser un divertido desafío para los poliglotas.

Este país siempre ha sido muy religioso. Pero cada vez lo es menos. Ahora solo la mitad de la población va a la iglesia el domingo. Cuando yo era pequeño, iba todo el mundo”, confiesa preocupado Josepsh Minizzi, el educado conserje de la iglesia de San Pablo el Náufrago. Parece que el hedonismo del turismo de masas está corrompiendo los valores tradicionales. “Los jóvenes de ahora no trabajan como nuestra generación. Lo que quieren es divertirse”, tercia Annie, la anciana arrugada del hostal.

La antigua capital de Mdina, en el corazón de la isla, bien vale una visita. Habitada hoy por unas 400 personas descendientes de la nobleza, se ha convertido en una bella postal turística. Su reducido tamaño se presta a un paseo tranquilo, prestando atención a los acabados de las fachadas, algunas recubiertas por hiedras en flor. Entre los palacios medievales, los hay que conservan la arquitectura del periodo normando, y constituyen uno de los pocos vestigios que sobrevivieron a la destrucción del “gran asedio” otomano. Sin duda, el mejor momento para visitarla Mdina es al caer la tarde, cuando las ordas de turistas menguan, y el tono de miel de sus murallas y edificaciones se vuelve más cálido.

El pasado prehistórico de Malta atrae menos interés que el medieval, pero no es menos interesante. Antes de que los primeros británicos elevaran el icónico Stonehedge, ya existía una civilización aquí capaz de edificar imponentes templos, o escarbar una necrópolis subterránea de tres plantas formada por decenas de galerías. La visita de esta última, el Hipogeo de Hal Saflieni, es espectacular, pero requiere comprar las entradas con tres meses de antelación. El Museo Arqueológico Nacional de La Valletta posee una buena explicación del período y una colección de sus principales piezas. Como sucedáneo, se pueden visitar las notables catacumbas de San Pablo, a veinte minutos del casco viejo de Mdina, y cuyos primeros tumbas datan del periodo fenicio.

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