MASCATE – OMÁN

IMG_7676                         Omán, la Suiza de Oriente Medio

Mascate.-Mientras el sol se esconde tras las montañas, media docena de turistas posan para una foto de grupo ante la valla metálica que protege el llamativo palacio presidencial del sultán de Omán, situado sólo unos metros más allá. La presencia policial es mínima en todo el complejo y los pocos agentes presentes muestran una actitud distendida. Esta postal es inédita hoy en cualquier otro país de Oriente Medio, una región martirizada por guerras civiles, sangrientas contrarrevoluciones y el azote del yihadismo. Con cuatro millones de habitantes y en un territorio del tamaño de Italia, Omán es una isla de calma en un mar de conflictos.

Es por esta estabilidad política, por su neutralidad en el tablero geoestratégico regional y por su bienestar económico que el país árabe se ha ganado el apodo de la Suiza de Oriente Medio. En gran parte, esta privilegiada situación se debe a la visión de su líder, el sultán Qaboos bin Said, auténtico padre del Omán moderno. Cuando el mandatario tomó las riendas del país en 1970, era uno de los más atrasados ​​del mundo, sin una red de carreteras, y estaban prohibidos algunos utensilios básicos de la vida moderna, como la radio. Hoy figura entre los países con un índice de desarrollo humano elevado, según la ONU.

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“La mía era una familia de pescadores, como la de la mayoría de los habitantes de la costa. Llevábamos una vida muy humilde. El país ha cambiado mucho”, recuerda Fadel Abderazzi, un beduino de mediana edad originario de una pequeña ciudad en el estrecho de Ormuz que se gana la vida haciendo excursiones para los turistas. En los años 80, el sultán Qaboos seleccionó los estudiantes más brillantes de cada pueblo y ciudad, y les pagó los estudios en el extranjero. Había que construir un país moderno desde cero.

Claro que todo esto no hubiera sido posible sin el descubrimiento de los yacimientos petrolíferos y la existencia de una mano de obra barata proveniente del subcontinente indio. Casi la mitad de los habitantes del país son inmigrantes, la gran mayoría originarios de países cercanos en vías de desarrollo, como Pakistán, India y Bangladesh. El sueldo de los inmigrantes que trabajan en la construcción es de sólo 125 euros al mes, y no tienen derecho a ninguna prestación social, incluida la sanidad pública.

Una petromonarquía peculiar

Y es que, como Qatar y Arabia Saudí, el sultanato de Omán no deja de ser una petromonarquía del Golfo Pérsico. Ahora bien, el país presenta una serie de peculiaridades que lo distinguen de sus vecinos. No es casualidad que en Mascate no haya ni siquiera uno de los flamantes rascacielos que pueblan los otros emiratos. Al sultán Qaboos le preocupa preservar la identidad propia del país, que en su corazón tiene la ibadismo, religión mayoritaria y tercera rama del Islam, mucho menos conocida que la suní y la chií. Con más de 1.300 años de historia, el ibadismo, presente sólo en Omán, Zanzíbar y de manera marginal en el Magreb, se caracteriza por escoger los imanes a través del consenso de la comunidad.

La existencia de esta escuela de pensamiento explica que, a pesar de ser un país de moral conservadora, las minorías tengan plena libertad de culto. “A diferencia de otros países de la región, aquí no tenemos problemas para practicar nuestra religión. Hay templos hindúes por todas partes “, afirma el Aabheer, un veterano emprendedor indio que hace más de 15 años que vive en este país árabe. La tolerancia de Omán, un país abocado al mar, se explica también por su larga historia de contactos con otras culturas. No en vano, la gastronomía tradicional del país es una fusión de platos árabes e indios, y algunos de sus dialectos incluyen una profusión de palabras de las lenguas persa, india, suahili y baluchi.

Por todo ello, Omán se ha librado de caer en la espiral de odios sectarios que afecta a buena parte de los países de Oriente Medio. También ha influido la cautelosa política exterior del sultán Qaboos. Consciente de sus limitados recursos, Mascate ha apostado por mantener buenas relaciones con sus ambiciosos vecinos, lo que requiere a menudo un complejo juego de equilibrios. Omán es el único país árabe del Golfo que mantiene unas buenas relaciones con Irán. De hecho, fue en la capital del país donde se reunieron de manera secreta representantes de Washington y Teherán para desatascar las negociaciones sobre el programa nuclear iraní. El mes pasado Omán volvió a hacer gala de su histórica neutralidad al no sumarse a la coalición de países árabes liderada por Arabia Saudí que lleva a cabo una campaña de ataques aéreos en Yemen contra las milicias Houthi, aliadas de Irán.

Aunque goza de una notable estabilidad política, Omán también experimentó entre 2011 y 2012 la ola de protestas populares conocida como Primavera Árabe. A diferencia de otros países, las manifestaciones, de volumen modesto y concentradas sobre todo en un par de regiones, pedían reformas y no la caída del régimen. El sultán Qaboos reaccionó de manera inmediata: remodeló su gobierno, ofreció 50.000 empleos públicos para jóvenes parados y reprimió los líderes de las protestas.

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El relevo que se acerca

A pesar de que es capaz de desactivar las protestas, el régimen afronta retos a largo plazo. “Los jóvenes se sienten menos en deuda con el sultán, y una sociedad civil cada vez más activa se queja de las carencias del estado construido en 1970”, sostiene Marc Valeri, un investigador del think tank Carnegie Endowment. Valeri alerta de que las reservas de petróleo se están agotando, y que los cambios socioeconómicos que ha vivido el país hacen que el modelo actual no sea sostenible.

Omán tiene el régimen más personalista del mundo árabe. No en vano, el sultán Qaboos acapara los cargos de jefe de estado, primer ministro, ministro de Defensa, de Exteriores y de Finanzas. Además, la fiesta nacional es el día de su cumpleaños. Así, pues, no es de extrañar que, enfermo de cáncer y sin descendencia, su sucesión suscite inquietud en el país. De acuerdo con la ley básica de 1996, tres días después de la muerte del septuagenario sultán se reunirá un consejo formado por varios miembros de su familia con el fin de consensuar el nombre del heredero, siempre de la misma dinastía. En caso de que no se llegue a un acuerdo, se abrirá un sobre sellado por Qaboos que contiene su elección para un sucesor, un toque Stendhal para un país que no ha perdido aún su misterio.



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