MIRAVET (TARRAGONA)

Templario por un día: Miravet
por Daniel Vela

A veces, con los bolsillos y la cabeza repletos del estrés con el que nos ha tocado convivir a diario, viene bien echar la vista atrás, no diré que a tiempos más sencillos, porque me refiero a una época que se caracteriza precisamente por todo lo contrario, pero sí que alzar la vista al cielo, desde un precioso castillo en la cima de un monte junto al río Ebro, caminar por sus pasillos, por su iglesia, por su humilde almacén y sus resbaladizos escalones, ayuda y mucho a poner las cosas en cierta perspectiva. Me refiero al siglo XII, en concreto al año 1152, cuando tan deseada e importante fortaleza fue tomada por los cristianos de manos de los árabes y reconvertida en un fuerte templario.

Miravet es el pequeño pueblo que la acoge, levantado desafiando a la gravedad mediante sus casas colgantes y sus peculiares edificios. Caminar por sus estrechos pasillos, cruzando los arcos sujetos entre las coloridas fachadas, es una experiencia única y un deleite para los sentidos del visitante. También detenerse unos instantes ante la Iglesia Vieja y beber agua de las fuentes a las que llega directamente desde la montaña, como se aprecia al notar el toque terroso que deja en la boca.

                       
Aquí, si ignoramos ciertos avances imprescindibles en la vida moderna, uno puede retrotraerse recorriendo sus empedradas cuestas y sus escalonadas calles, extrañamente cómodas para pasear, cruzar el río en una barca como si negociara con el mismísimo Caronte y ascender entre la campiña para, si se echa mano de la imaginación, vislumbrar a los orgullosos miembros de la orden del temple ejerciendo sus quehaceres de cada día. Con un mínimo esfuerzo, si se desea, casi se pueden escuchar los ecos de sus cruentas batallas, ver a los hombres de armas en el patio entrenando, perfeccionando sus habilidades, sentir su imperturbable fe en la ahora vacía iglesia y, en definitiva, convivir por unas horas con el espíritu de tan fascinante e intrigante comunidad rondando alrededor.

                      
El pueblo está en los montes cercanos a Tarragona, instaurado junto al curso del río Ebro. Para llegar hasta allí hay que cruzar varias poblaciones por carreteras serpenteantes acompañados en gran parte por un bonito paisaje campestre.
Nada más llegar nos encontramos con un amplio aparcamiento justo a la entrada y si se sigue, aunque hay que tener algo de suerte para encontrar un lugar donde dejar el coche, con otro tan solo unos metros más adelante, dentro ya del pueblo, junto a la plaza y la oficina de turismo que, de momento, está en construcción.
Es mejor, si se dispone de tiempo, introducir esta visita en un itinerario por los sitios de interés del lugar ya que, incluso ascendiendo a pie al castillo como hice yo tras desechar la opción del ascenso en coche, apenas se tarda un par de horas en recorrerlo por completo. Aun así, en mi humilde opinión, merece mucho la pena visitarlo ya que es, en conclusión, un lugar diferente.

                    
La vista y el paisaje, tanto arquitectural como rural, invitan a la contemplación y a la fotografía, en especial desde la cima, y sumirán al viajero en una especie de ensoñación y comunión con el pasado, con la historia y con los hitos de tan remota época.
La especialidad artesanal de la zona es la cerámica, material que se encontrará tanto en el mismo Miravet como en los diferentes pueblos colindantes, en cuya elección ya debería entrar en juego las preferencias personales de cada uno.

                     
Para poner alguna pega, ya que no es solo oro todo lo que debe relucir en las reseñas, debo reconocer que ciertas partes del castillo (en el que cuesta 3,50€ entrar, admito que un precio más que justo) la restauración no ha sido tan meticulosa como debería y hay zonas en las que el cambio de época es tan evidente que es capaz de sacarle a uno por completo de la inmersión temporal.
También hay ciertos lugares en los que parece que, aunque lo acepten, no aprecian mucho a los visitantes, topándome, para mi sorpresa ya que además era un comercio de cerámica, con algunas señoras mayores que no me ofrecieron un trato demasiado amistoso.
Si se ignoran estos detalles, que al final quedan tan solo en meras anécdotas, se disfrutará de la visita a Miravet con los ojos de un niño que sueña con princesas, batallas, gloria y caballeros. A mí me pasó y hacía tiempo que no tenía esas sensaciones en una visita turística. Si me preguntan a mí, solo puedo decir: totalmente recomendado.

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