PAMPLONA

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Nos hallamos, esta vez, ante una de esas ciudades que nos presenta una gran contradicción. Es esa ciudad de la que todos hemos oído hablar, y mucho, pero al mismo tiempo, si se analiza desde el punto de vista turístico, que es a lo que nos dedicamos aquí, no deja de ser una gran desconocida. Tiene los sanfermines, sí, pero aparte de eso, son pocos los que podrían decir que más tesoros aguardan al visitante entre sus calles. Y tiene muchos. Ya sea para aquel viajero con ansia de belleza y parajes o para el amante de la gastronomía, Pamplona es un destino que merece y desea el disfrute de cada minuto que se pase en sus empedrados. Relataré unos cuantos, para nuestro goce conjunto como no podría ser de otra forma aunque antes, como es habitual en mí, daremos un breve repasito a la historia para aprender a amar y conocer de donde proviene cada cosa, ya que los monumentos no aparecen por arte de magia un día cualquiera en un enclave aleatorio.

Historia
Pamplona ha existido siempre. Bueno, no siempre, pero desde hace lo que podríamos decir que es un porrón de años. Ya había asentamientos desde por lo menos 75.000 años atrás. Y hay restos arqueológicos que lo prueban. No fue ciudad, como lo entendemos nosotros, hasta el año 75 a.C, cuando el emperador romano Cneo Pompeyo Magno, le dio su nombre y la consagró como tal, dándole su nombre.
Controlada posteriormente por visigodos y musulmanes, fue en el siglo X cuando se convirtió en Reino de Pamplona, controlada no por un rey, curiosamente, sino por un obispo. Era, por aquella época, el “alma de la tierra de los vascones”. Durante mucho tiempo estuvo dividida en tres zonas, entonces llamados burgos, hasta que en el siglo XV, concretamente en el año 1423, el rey Carlos III los unificó. Prácticamente un siglo más tarde, en 1512, pasa a control de la corona de Castilla, donde se convierte en puesto avanzado contra los franceses, motivo por el cual, dada su fortificación, la ciudad no tuvo mucha expansión territorial. A mediados del siglo XVIII sí que comienza a expandirse y a renovarse, al menos, hasta que Napoleon Bonaparte para esta modernización en seco. En los años venideros, la agitación la sacude por diferentes motivos, incluída una manifestación en 1893, tras la cual se levantaría un gran monumento a los fueros.
La expansión final, o la más importante al menos, en términos de espacio, se produce a principios del siglo pasado (el XX para los que todavía andan despistados) y se debe a la destrucción de gran parte de la muralla. Y así ha seguido mejorando hasta nuestros días.

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Qué ver
Si todavía, después de leer todo este rollazo que he metido en el artículo, hay gente que no crea que Pamplona existe durante más de una semana al año, iluminaré al futuro visitante con los deleites de esta localidad. Aun así, está claro que este enclave tiene una gran influencia y una gran pasión taurina y eso se nota sobremanera en muchos de sus monumentos y paisajes esenciales.
Si hay algo que Ernest Hemingway disfrutó a parte de las fiestas, son los cafés y restaurantes del casco viejo. Concretamente, escribió su libro Fiesta, entre las mesas de la Plaza del Castillo. Y es precisamente en esta zona donde la gran mayoría de la arquitectura y los monumentos de Pamplona se concentran. No puede faltar aquí el citar su calle más famosa: Estafeta. Paseando por sus calles se puede admirar la Catedral, repleta de tesoros y arte, el ayuntamiento desde el que se lanza el pregón y el archifamoso chupinazo, dando el comienzo a las fiestas más famosas de España, y el Museo de Navarra, donde se podrá caminar por la historia de la ciudad a través de piezas arqueológicas y de arte de todas las épocas. También, sin salir del casco viejo, nos encontraremos con varias iglesias que bien merecen una visita (San Nicolás, San Saturnino y San Lorenzo).
Algo indispensable que ver es la Muralla, símbolo de su importancia en el pasado. Si la seguimos, llegaremos a la Ciudadela, que más tarde se convirtió en un parque llamado Parque de la vuelta al Castillo, nombre dado por razones más que obvias, diría yo. Si se me hace algo de caso y se visita la iglesia de San Lorenzo, se podrá apreciar junto a ella el Parque de la Taconera, preciosista y elegante a la par, al que se puede acceder por la puerta de San Nicolás, una réplica del arco del triunfo.

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También tenemos y encontraremos, según vayamos avanzando en nuestra visita, monumentos, estatuas y demás símbolos para deleitarnos todavía más si cabe y hacer de Pamplona una experiencia única. El monumento a los encierros, por ejemplo, el de los fueros o el dedicado al toril. Para los más tradicionales, no puede faltar una visita a la Plaza de Toros, por supuesto, o deleitarse con el paisaje del puente de la Rotxapea. Y si eres de los que no se dejan influir por el curso de la historia, hay un edificio dedicado a los caídos, que data de la época franquista.

A comer
La gastronomía de esta zona de la península es deliciosa y muy variada. ¿Por dónde empezar?
Qué tal por sus legrumbres, especialmente las judías o alubias rojas, bien acompañadas por rabo de cerdo o por unas codornices. Si eso no os convence, quizá unas deliciosas setas lo hagan.
Sin salir del mundo vegetal, lo más destacado son las alcachofas, las habas, el cardo y la borraja. ¿No? Quizá espárragos tiernos, cogollos de lechuga o pimientos del piquillo… Si lo que interesa son platos concretos ahí van unos cuantos: piperrada, pisto, menestra, gazpacho navarro o zurrukutun, que es una sopa de lo más rica.
En lo que se refiere a carnes, unos buenos chuletones de buey, cordero en chilindrón, gorrín asado (cochinillo), zikiro jate (cabrito capado a la leña de haya), sobresalen por méritos propios. Hay muchos otros platos a elegir como estofados, sobre todo de toro, o las baztanzopas que son migas de pastor. Caza y embutidos tampoco faltarán en los menús siendo la reina la archiconocida chistorra…
Los amantes del pescado tampoco quedarán decepcionados con el salmón de Bidasoa, preparado de diferentes maneras, así como con las truchas locales, especialmente las que se sirven fritas con jamón, la merluza, kokotxas o la merluza, reina indiscutible del norte.
En calidad de postres o de repostería, mucho postre de leche, especialmente quesos, aunque también hay para los más golosos como las tortas de Txantxigorri, huesos de santo o roscos de San Blas.
Se hace la boca agua ¿verdad?

En conclusión, si a todo lo relatado aquí se le añaden unos alrededores que incitan al deporte y a la aventura para los más osados, y una autonomía rica en todos los sentidos, se tiene un destino imprescindible para los amantes de la cultura, de la gastronomía o de cualquier tipo de turismo al que se quiera uno atrever. Pamplona es ciudad tradicional pero comprende a la perfección que eso no está reñido con la modernidad. Y si todavía falta algo para convencer, la forma de ser de sus habitantes cautiva con su simpatía, hospitalidad y servicialidad al viajero, porque están orgullosos de su ciudad y están deseando que todo aquel que pase por allí, ya sea un día o una semana, la aprecie y se sienta querido y cómodo como si estuviera en su segundo hogar. Destino cinco estrellas. Os doy mi palabra de niño bueno.

Daniel Vela.

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