TÚNEZ

IMG_7392    El mestizaje mediterráneo de Túnez

Hace falta un simple paseo de diez minutos por el centro de Túnez para percibir la identidad mestiza de este pequeño país mediterráneo, híbrido de las culturas europea y árabe. Es el tiempo que requiere cruzar la ancha avenida Burguiba, con sus animados cafés y su barroco edificio de la Ópera, para adentrarse en los estrechos callejones de la medina, la ciudad antigua, donde vivía la mayoría de la población antes de la llegada de la colonización francesa, a mediados del siglo XIX. Será por su carácter mestizo y tolerante, por sus pequeñas dimensiones o por su apertura al Mediterráneo que Túnez transmite una sensación de sosiego ausente en otras capitales árabes. Ni tan siquiera el atentado yihadista del pasado mes de marzo, en el que murieron 21 personas, la mayoría turistas, ha sido capaz de transformar su espíritu.

Incluso el día de cierre de la campaña electoral de sus últimas elecciones, se respiraba un ambiente calmo. Todos los principales partidos políticos situaron su tienda de propaganda electoral en la avenida Burguiba, corazón comercial de la ciudad. Sus militantes repartían folletos entre los peatones que disfrutaban de una agradable temperatura otoñal. Algunos ciudadanos, de ideologías opuestas, se enzarzaban en discusiones políticas, y se formaban corrillos espontáneos de debate público, siempre de forma civilizada. Esta práctica, inaudita durante las cinco décadas de férrea dictadura post-colonial, ya solo es posible en la cuna de las revueltas árabes. En los otros países de la “Primavera Árabe”, los vientos de cambio han hecho renacer viejos odios sectarios y han generado nuevos.

Si hay un barrio que condensa las principales virtudes de la capital tunecina, ese es sin duda Sidi Busaid. El antiguo suburbio de pescadores, situado en una colina, con sus callejones empinados y estrechos, se ha convertido en uno de los más exclusivos de Túnez y uno de los más comunes lugares de asueto de los habitantes de la ciudad y de los turistas que la visitan. Sus casas, asomadas al mar, de paredes blancas inmaculadas y ventanas azules, recuerdan a las de las Ibiza, Santorini o Sicilia. Más allá de fronteras y leyes, de patrias y religiones, hay una identidad arquitectónica y gastronómica común mediterránea, fraguada tras siglos de intercambios. Después un laborioso ascenso por las calles empedradas calles de Sidi Busaid, apetece tomar un te en uno de los cafés con unas magníficas vistas a la bahía. Regado por la brisa marina, la sensación de paz es completa.

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Como no solo de calma vive el hombre, mi siguiente destino es la medina, sede del tradicional zoco y zona más bulliciosa de la ciudad. A pesar de la caída registrada por el turismo, los tenderos no suelen asaltar al viajero, y cuando lo hacen, no insisten demasiado, ni pierden el gesto amable. Junto a la imponente mezquita Zeituna (literalmente “del olivo”, en árabe), en el centro de la medina, se hallan las tiendas de souvenirs Ahmed y Amir. Les sorprende que un extranjero, ataviado con la inevitable cámara de fotos liada al cuello y una guía de viajes en la mano, se dirija a ellos en árabe. Me ofrecen una silla y un té. “Tranquilo, no nos compres nada si no quieres. Solo queremos charlar contigo”, me dice Ahmed, de mediana edad. Una nueva muestra de la hospitalidad y talante tranquilo de los tunecinos.

Ambos tienen curiosidad por saber qué se cuenta en el extranjero sobre Túnez. Por unos días, este pequeño país de apenas 10 millones de habitantes se coló en 2011 en los titulares de la prensa mundial. Una revolución pacífica había conseguido, en un plazo de pocas semanas, forzar al cruel autócrata Ben Alí a huir subrepticiamente a Arabia Saudita. Su ejemplo inspiraría a millones de árabes en Egipto, Siria, Libia, Yemen y otros países. Sin embargo, después, ya en transición, Túnez cedería el protagonismo mediático a sus vecinos, más poblados, violentos y con mayor importancia geostratégica.

Estos tiempos no han sido fáciles. La Revolución supuso un frenazo para la economía. Y los islamistas, cuando subieron al poder después de ganar las primera elecciones libres, nos decepcionaron”, explica Amir, que a pesar de todo, no pierde la esperanza. “El país tiene futuro. Saldremos adelante y volveremos a dar ejemplo a todo el mundo árabe”, sostiene. El periodo post-electoral parece darle la razón. Los islamistas de Ennahda aceptaron su derrota y el traspaso de poderes a la oposición se hizo sin sobresaltos. Los analistas certifican que, con la Constitución aprobada y habiendo celebrado unos segundos comicios libres y pacíficos, la transición a la democracia se ha culminado de forma satisfactoria.

La conversa es agradable, pero el tiempo apremia. Me despido de los comerciantes, y me dispongo a entrar en la mezquita Zeituna, la más grande y sagrada de la ciudad. La guía advierte que está prohibida la entrada a los no musulmanes, y un cartel lo confirma en francés en la principal puerta de acceso. Sin embargo, como nadie parece controlarlo, me descalzo haciéndome el sueco. La belleza del patio interior de la mezquita hace honor a su fama. Algunos hombres están sentados en el suelo, reposando. Un grupo de niños corretea. Tan pronto como saco la cámara, aparece un imam barbudo vestido con una chilaba y un turbante, y me susurra unas palabras ininteligibles en árabe. Temo que me cazaron, pero antes de rendirme, le sonrío y le respondo en árabe con un simple: “¿Cómo está?”. Como si hubiera acertado la contraseña secreta de la cueva de Alí Baba, el imam me da un golpecito cómplice en la espalda y desaparece.

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Entonces, ya sin reparos, me muevo con soltura por el patio. Ya nadie más presta atención a mi cámara de fotos. Sus 184 columnas, cuyos capiteles dan constancia de su antigüedad, fueron probablemente elaboradas a partir de las ruinas de Cartago, la ciudad destruida por las despietadas tropas romanas al final de las guerras púnicas. Esta mezquita fue construida en el siglo IX, poco después de la conquista musulmana. Después, cada periodo ha ido aportando su contribución creando un conjunto ecléctico. Por ejemplo, la cúpula azulada, del siglo XI, es un buen ejemplo de arte zirí, de la dinastía fatimida. La majestuosa torre, de estilo morisco, es el componente más reciente, pues data de mitad del siglo XIX.

Entre casas destartaladas y callejones oscuros, siempre pintorescos, la medina esconde numerosas joyas del arte otomano. Entre ellas destaca Dar Hussein, un palacio construido el siglo XVIII. Decorado con bonitos azulejos, esta fue la sede del primer consejo municipal electo de la ciudad y aquí situaron su cuartel las tropas francés tras ocupar Túnez. También merece la pena visitar el mausoleo de Turbet Bey, edificado el siglo XVIII. La fachada exterior del complejo, de piedra amarillenta, está decorada con columnas y placas de estilo veneciano. Dentro, en los diversos mausoleos familiares, predomina el mármol blanco adornado con sanefas policromadas típicas árabes.

Al no ver ningún restaurante, salgo fuera de la medina, a la “ciudad europea” construida por los franceses. Aquí sí hay numerosos establecimientos para almorzar. Sin embargo, están todos cerrados. Es día de elecciones, y los servicios de la ciudad se encuentran bajo mínimos. Con el estómago ya en pie de guerra, entro a curiosear en el Mercado Central, de columnas de acero y paredes de cristal, un típico ejemplo de la arquitectura funcional de la Revolución Industrial. Está prácticamente vacío, excepto un rincón del que sale humo y un olor a pescado al grill estupendo. Aleluya! El propietario del humilde local, que cuenta con solo cuatro mesas de plástico, apenas habla francés, pero me hace entender que debo comprar yo mismo el pescado y luego ellos lo cocinan. Acompañado de una especie de revoltillo de huevo y verduras local, el pescado está delicioso. Valió la pena esperar.

¿Por qué ha triunfado la transición en Túnez y ha fracasado en el resto de países árabes?”, se pregunta la prensa occidental. Saliendo de la medina y caminando por la avenida Burguiba, que los franceses diseñaron inspirándose en los Campos Elíseos de París, surge una posible respuesta: Túnez ha estado más expuesta a la cultura europea, a su laicismo y a la democracia. Y no solo por la profunda huella que dejó la colonización francesa. En 1861, siendo aún una provincia otomana, Túnez contaba con un gobernador visionario que apostó por modernizar el país y aprobó la primera constitución del mundo árabe.

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En una ciudad que jugó un papel importante en el despertar de la civilización humana, uno no puede partir de Túnez sin visitar las ruinas de Cartago. Situado en un promontorio entre el centro de la ciudad y el barrio de Sidi Busaid, y al lado de la catedral de San Luís, se encuentra el museo al aire libre con los restos de la antigua ciudad que dominó el Mediterráneo antes de sucumbir a la pujanza de Roma. El recinto, que cuenta con unos paneles explicativos trilingües, invita a un paseo relajado y a dejar correr la imaginación.

Todavía más imprescindible es recorrer el Museo Nacional Bardo, el más impresionante museo arqueológico del Norte de África y blanco del sangriento ataque terrorista de marzo. Además de esculturas, ánforas y otros objetos de la vida cotidiana del periodo cartaginés y romano, cuenta con una maravillosa colección de mosaicos romanos encontrados en excavaciones hechas en la región. Muchos de ellos presentan un estado de conservación sorprendente, manteniendo un colorido muy cercano al original, como si no hubieran pasado unos 2.000 años. El museo se encuentra sometido a una robusto dispositivo de seguridad, que ha permitido ya el retorno del turismo.

Ricard González

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